Querida Reina:
Qué raro es utilizar este término para referirme a usted. Me recuerda a una persona. Se me hace inevitable pensar qué será de su vida, a pesar de que me mantengo en contacto con él mediante su blog. No viene al caso...
Es un término que no utilizo muy seguido, aunque no sé bien por qué. Sólo en momentos de oscuridad y tristeza como éste puedo ver el brillo de su corona repleta de todo tipo de piedras preciosas.
Seguramente no entenderás el sentido de esta carta. Yo tampoco lo entiendo. Siempre dije que me llevo más con los sentimientos y los impulsos (malditos impulsos) que con la razón. Te escribo porque me gusta escribirte, quién sabe algún día recopile todo lo que te escribí y después de leerlo me internes en un neuropsiquiátrico. No importa...
Los otros días, en tu blog, dije que con mis aplausos valoraba la valentía de Dolores al confesar una verdad que la exponía a perderlo todo. Hoy ya no sé si ese acto es valorable o no. Lo hice, lo hice otra vez. No funcionó. Rompieron mi corazón. Entiendo mucho de lo que decís en tu libro. "Dicen los que saben que es preferible haber amado y sufrido que no haber amado nunca". Qué real. A pesar de este sufrimiento y de este dolor que oprime mi pecho, no lo cambiaría por nada.
Sólo quiero pedirte un favor, Reina. Que nunca prives al mundo de la magia de tus ojos salvadores. Nunca prives al mundo de tu belleza. Nunca prives al mundo de tu sonrisa. Nunca prives mi necesidad de vos apagando tu fuego.
Te adoro, Reina.
Ceci.
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