Tengo una teoría acerca de la gente cercana a mí que muere repentinamente: no se muere del todo; una parte de ellos queda dando vueltas entre el cielo y la tierra, cuidándome, queriendo decirme algo, quién sabe.
A menudo los sueño, se me presentan. Tengo recuerdos de ellos, sin ningún tipo de factor que los atraiga. Siento su perfume. Pienso en ellos. Muchas veces voy por la calle e imagino encontrármelos.
Me pasaba muy seguido cuando falleció mi abuelo paterno. De un día para el otro, todo estaba bien, y se fue. Iba por la calle buscándolo, soñando con cruzármelo a la vuelta de la esquina. Nunca sucedió, por supuesto. Ni siquiera pude ver a alguien que fuera parecido como para no matar la ilusión.
Ahora que lo pienso, fui a su velatorio pero no quise verlo muerto: preferí guardar en mi memoria la sonrisa que tenía en su rostro la última vez que lo vi, su buen humor, su alegría, sus chistes, la complicidad que había entre los dos. Creo que pudo haber influido en esto de que no termino de enterrarlo. También influye el hecho de que ambas dos personas de las que hablo eran muy apegadas a mí. Sobre todo mi abuelo paterno. Pero yo pienso en mi abuelo materno y en el poco tiempo que viví con él y me doy cuenta que nos habríamos llevado tan bien. Y me gustaría haberlo conocido más. Es hermoso encontrarme con gente que no conozco y que me diga que mi abuelo era una persona excelente y que tengo su mirada. Pero me hubiese encantado realmente descubrirlo por mí misma y encontrar mi mirada en la suya.
Lamentablemente no pudo ser y tengo que conformarme buscando los restos de su espíritu en su amada Mar del Plata, sintiéndome abrazada por él en cada ola, imaginándome sus ojos llenos de lágrimas ante la inmensidad del mar teñida por el colorido del atardecer, contrastando con el gris del cemento.
Luego de este tiempo de reflexión pienso que la respuesta era muy sencilla, estaba frente a mí: los tengo en mi corazón y la necesidad de tenerlos cerca mío hace que los evoque cada tanto, para no olvidarlos, para que nunca terminen de morir. Y nunca los voy a olvidar. Siempre los voy a tener conmigo. Y tengo la certeza de que voy a cumplir con esta promesa. Porque los amo. Porque los extraño. Porque los necesito. Porque SON parte de mí.