Hoy me senté nuevamente en la butaca de la sala de un teatro, para ver una función con un GRANDE en el escenario como es Lito Cruz.
Tuve una gran fantasía: al verlos a todos ellos, llorando muertes y culpas -y por consiguiente, haciéndome llorar a mí por esa historia contada- quise ser yo quien contara esa historia, quien hiciera emocionar a la gente, quien la entretuviera por una hora y media, quien la hiciera dejar de pensar en los problemas de la vida cotidiana, quien llegara hasta lo más profundo de sus pensamientos y quien -por qué no- cambiara sus vidas...
Cuando todos al final salieron a saludar al público y a recibir cataratas de aplausos más que merecidos por la hora y media de un teatro de calidad, sentí una imperiosa necesidad de ser yo quien estuviera parada allí, recibiendo esos aplausos, sintiendo la satisfacción que ellos sentían en ese instante, yéndome a casa con una sonrisa y la certeza de haber hecho algo por esa gente y también por mí, porque es lo que me gusta y quizás para lo que nací. Y las lágrimas rodaron por mis mejillas...
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